Eran los años 90 y muchos de nosotros no teníamos en realidad auto, ni soñábamos con comprar tales lujos. Éramos escolares ordinarios en un país que nos daba muchas esperanzas pero pocas cosas tangibles. Sin embargo, éramos soñadores. Algunos lo hacían cerrando los ojos y otros teniéndolos bien abiertos.
Una de las mejores formas de pasar por esos trances eran esos sagrados minutos que nos daba el bus, el taxi, el carro familiar, o a veces hacerla de sonámbulo si es que nos tocaba caminar. Después de la respectiva expulsión del ring de las cuatro perillas, y de dar un salpicón de agua a la cara, nos enfundábamos en el pantalón gris con camisa blanca, chompa con fibra Bayer, y la querida chapa del Santoto. Aunque algunos privilegiados siempre tenían que poner el cordón de brigadier o de policía escolar cada vez que se sacaban o ponían la bendita chompa.
Ya una vez en el coloquio callejero y mundano de nuestra Lima, todo era lo mismo: el cielo gris, el humo de la Cocharcas, de la 91, de la 89, de los Enatru. La parada obligatoria en el kiosco del periódico para leer cómo la corrupción amenazaba con invadir nuestra generación. Y todo parecía sin cambios hasta que mirábamos el reloj (o preguntábamos la hora a otra persona porque algunos no cargaban reloj en la calle) y de ahí empezaba la carrera.
Había que llegar a tiempo porque Morales cerraba la entrada al cielo escolar. Ya a las 7:30 am se podía con o sin binoculares muchos rostros compungidos por el peso de la mochila y no querer sudar a la misma vez. Ya desde la avenida Tacna, unos directo del pie derecho desde la combi, y otros desde la avenida Abancay, otros cruzando el Puente de piedra sorteando los puestos de Polvos azules. Era todo un espectáculo. Desde el punto de vista de las cuculíes, todos éramos como ratas corriendo al mismo hueco después que la luz de la cocina se encendía.
Ya en el último tramo, doblando esa esquina que nos llevaba al callejón de la angustia, de la carrera diaria, Rinconada de Santo Domingo fue el semillero de estos futuros atletas. Apenas se veía el portón metálico muchos aceleraban el paso y otros tiraban la toalla (o la mochila); pero nadie era ajeno a esa lengua partida en dos y a la altura del hombro, a la par de los Baldores que se mecían hacia la derecha o hacia la izquierda.
Ya llego, ya llego...Morales mírame fijamente a los ojos. No vas a cerrar esa puerta. Mis ojos ya no pueden mantenerse abiertos. Una cascada de sudor se avienta desde mi cabeza mientras que mis axilas me bañan el interior. No puedo más, no quiero correr, ya corrí demasiado esta semana. Señor Morales tiene que entender que tengo un idilio con las sábanas y si no es eso, tengo a un chofer de bus que me odia, una mochila que se me rompe y unas piernas que no pueden correr a causa del quaker diario.
Sígame mirando, ya llego...ya llego...ahí le envío a mi cumpañero de clase, a otro cumpañero que le acabo de agarrar sus libros para que corra más rápido y le haga el hablar. Pero, claro, señor Morales como buen rimense veo que no hay estrategia que funcione con usted. Ya llego, ya llego...ya casi toco el portón que va a cerrar y le tiro mi última esperanza para que detener su mecánica acción, mi mochila lo logra y le bloquea sus intenciones. Ya llegué. Sólo que ahora no voy a tener almuerzo porque me chancó mi sánguche señor Morales con el palmetazo que me dio.
El Ruso.
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